Los que se echaron al monte by Isidro Cicero

Los que se echaron al monte by Isidro Cicero

Author:Isidro Cicero
Language: es
Format: mobi
Tags: sf_history
Published: 1976-12-31T23:00:00+00:00


«Pueblo pequeño, infierno grande.»

Refrán. Lo suelen decir amargamente en las aldeas aquellas personas, muchas en proporción, más marginadas por sus convecinos: sufren por su modo de andar, por sus creencias, por su trato, por las cosas que tienen o que les faltan, por la biografía de sus abuelos y padres, por su conducta.

Santiago y Daniel bajaban un día de las vacas, cuando estaban en régimen de libertad provisional. Por el largo camino, los jóvenes vienen comentando cosas muy variadas. Cerca del pueblo bajan la voz para censurar con amargura lo que ellos llaman atropellos de algunos guardias: «Se creen que somos fieras todos los vecinos.» «Vienen aquí y nos consideran enemigos a todos.» «Algún día recibirán su merecido.» «Son unos desertores del arado y del rebaño, muertos de hambre como nosotros, pero con autoridad.»

De repente la pareja tricorniada, al frente el cabo, que les estuvo escuchando un rato, sale de unos matorros y se planta delante.

—Buenas noches.

—Buenas.

—¿De dónde vienen?

—Del invernal, de las vacas.

—Nombre.

—Daniel Rey.

—El suyo.

—Santiago Rey.

—¿De qué hablaban ustedes?

—Bueno..., de unos muchachos de Segovia que conocimos én la guerra... —dice Santiago, imaginativo.

—¡Pero ya han muerto, no crea...! —sigue Daniel.

—De acuerdo. Después se pasan por el cuartel. Les vamos a pedir unos datos.

Después van los dos hombres al cuartel, y al salir se tambalean entre las paredes de las callejas como borrachos o como sonámbulos. Traen la camisa pegada a la piel, y cuando les quiten la camiseta presentarán sus espaldas una sanguinolenta mancha morada de carne viva.

—Mañana, aquí, a la misma hora —les habían ordenado.

Blasfeman los dos hombres de rabia y de vergüenza.

—iNos van a matar a golpes!

Santiago brama. Es un convencido desde la escuela. Pero es un hombre decidido.

—A mí me tienen que matar a tiros. A golpes, no. Yo mañana, antes del amanecer, me vuelvo al monte.

—Y yo contigo.

Los guardias consumían mucha leña. Pero no iban ellos a buscarla. Tenían que traerla los vecinos de Bejes, y cuando se acabó la de Bejes, los de Tresviso. El acuerdo era así: los vecinos de Tresviso la sacaban de su monte y la dejaban a mitad del camino, donde el río Urdón recoge las aguas de las alineaciones septentrionales del macizo de Andará, en los antiguos valles glaciales de suelo calizo. De allí la trasladaban los hombres de Bejes hasta el cuartel. Una tarde, recuerdan, irrumpieron en el animado baile del pueblo, que entonces se realizaba en un portal —cuando hacía más frío en una cuadra— y se llevaron a todos los mozos a partirles la leña en pequeños trozos como Dios manda, para meterla en el hornillo.

Los guardias hubieran preferido no gastar tanta leña y dormir más. Pero desde Potes los controlaban por radio, a caballo, con moto-sidecar, y finalmente con un «jeep».

No permitían que nadie anduviera de noche por las calles ni por los campos. Si un hombre, buscando acaso una cabra extraviada, notaba que la noche le caía encima, tenía que correr a casa, abandonando la tarea hasta el día siguiente, o si no, ir hablando solo o cantando fuerte, pues no se andaban con bromas en las identificaciones.



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